
Nota de Tomás Varas para https://eltermometro.cl/
Con más de 30 años de experiencia clínica, la psicóloga uruguaya Nibia Pizzo ha acompañado a cientos de personas que enfrentan dolor crónico, enfermedades limitantes o condiciones que transforman su vida cotidiana. A lo largo de estas décadas, ha visto cómo el sufrimiento físico se entrelaza con el emocional, y cómo la búsqueda de herramientas para recuperar autonomía se vuelve una necesidad urgente.
Lo que más la impresiona —y preocupa— es que cada año aumenta el número de pacientes, de edades cada vez más diversas, que llegan a su consulta con la misma inquietud inicial: “No quiero que esta enfermedad limite mi vida”. Ese deseo profundo de seguir adelante, de no quedar atrapados en el dolor, es el punto de partida de su trabajo terapéutico.
— Nibia, ¿cómo describirías el impacto emocional de la fibromialgia en quienes la padecen?
La fibromialgia no solo duele en el cuerpo; también duele en la identidad. Muchas personas sienten que su vida se divide en un “antes” y un “después”. Aparecen frustración, cansancio emocional, miedo a no ser comprendidas y, a veces, una sensación de pérdida de control.
Mi trabajo consiste en ayudar a que ese impacto no se convierta en una condena, sino en un proceso de adaptación que permita recuperar autonomía y bienestar.
— ¿Qué es lo que más cuesta aceptar en el proceso?
La imprevisibilidad.
La fibromialgia tiene días buenos y días difíciles, y esa variabilidad genera mucha ansiedad. También cuesta aceptar que el dolor no es imaginario, pero tampoco siempre visible para los demás.
Por eso insisto en validar la experiencia del paciente: lo que siente es real, legítimo y merece atención.
— ¿Qué herramientas psicológicas utilizás para acompañar a tus pacientes?
Trabajo con enfoques combinados:
- Psicoeducación: entender qué es la fibromialgia reduce la angustia.
- Terapias de regulación emocional: ayudan a manejar la frustración, el estrés y la ansiedad.
- Reestructuración cognitiva: para desarmar pensamientos catastróficos o autoexigencias que empeoran los síntomas.
- Planificación del día a día: aprender a dosificar la energía es clave.
— ¿Qué recomendaciones prácticas das para sobrellevar el día a día?
Siempre digo que no se trata de “ser fuerte”, sino de ser estratégica o estratégico. Algunas recomendaciones que suelo dar:
- Escuchar el cuerpo sin miedo: el dolor es información, no un enemigo.
- Evitar la autoexigencia extrema: la culpa y la presión interna aumentan la tensión muscular y, por ende, el dolor.
- Ritmo sostenible: alternar actividad y descanso antes de llegar al agotamiento.
- Rutinas suaves de movimiento: estiramientos, caminatas cortas, ejercicios de respiración.
- Cuidar el sueño como si fuera un tratamiento: higiene del sueño, horarios, rituales de descanso.
- Pedir ayuda sin vergüenza: la autonomía no se pierde por delegar.
- Crear una red de apoyo emocional: familia, amigos, grupos de pacientes o terapia.
— ¿Qué le dirías a alguien recién diagnosticado?
Que respire. Que no está sola ni solo.
La fibromialgia no define quién es, ni determina su futuro. Con acompañamiento adecuado, ajustes en el estilo de vida y herramientas psicológicas, es posible recuperar calidad de vida.
El diagnóstico no es un final: es el comienzo de un camino de autoconocimiento y autocuidado.
— ¿Y a quienes ya llevan años conviviendo con la enfermedad?
Les recuerdo algo fundamental: no están fallando.
La fibromialgia es fluctuante, y tener recaídas no significa retroceder.
A veces el mayor acto de valentía es permitirse descansar, pedir contención o replantear hábitos.
Siempre hay espacio para mejorar la relación con el propio cuerpo y con la propia historia.
— ¿Cuál es tu mensaje final para quienes están luchando con esta condición?
Que se permitan construir una vida posible, no perfecta.
La fibromialgia exige una nueva forma de habitar el cuerpo, pero también abre la puerta a una nueva forma de habitar la vida: más consciente, más amable, más honesta.
Y en ese proceso, la psicoterapia puede ser un refugio y una brújula.